Mierda dorada

¡Qué curioso es despreciar o dar la espalda a lo que nos incomoda! Y ¡qué curioso es guardar la suciedad bajo la alfombra! Así han estado las cosas a lo largo de los siglos. Así se han pintado las fachadas de dorado mientras que en el interior de los edificios, el olor no dejaba respirar.

En época de burgueses, había que pintar la fachada de dorado para poder aparentar lo importante que era la posición social. Y en la era de la tecnología, el físico era lo que había que trabajar, no fuera a ser que miraran dentro y se pudieran asustar. Con estas dos versiones, distanciadas en el tiempo pero con la misma finalidad, el ser humano realizaba, inconscientemente, una gran diferenciación entre el marrón y el dorado. Negando la suciedad interna que no se atrevía a mirar, pintando el exterior de dorado para distraer, y así, supuestamente, olvidarse de la odiada cochambre. Sin embargo, la comprensión, comprendía que no había evolución real ya que el falso dorado y el marrón indeseado, eran dos caras de la misma moneda. Aunque Ella sabía que esta forma de actuar, era la constatación del deseo de experimentar migajas de felicidad, esperaba que los ciudadanos, en algún momento del tiempo, pudieran parar y escuchar lo que siempre les había querido regalar: la paz intemporal. Y con el que quería escuchar, compartía:

“Con honestidad acepta lo que nunca te has atrevido a mirar por lo que no pintes la mierda de dorado, sino mira el dorado más allá de la mierda que querías pintar. Debajo de la fosa séptica, se encuentra la libertad. Deja de perder el tiempo creyendo que pintando encontrarás algo. ¡Qué no te de miedo mirar! ”

Y el fin del tiempo, en el que las ciudades enterraban las redes de saneamiento, llegó. Con esta nueva revelación, las tuberías se pintaron de dorado y las fachadas de marrón. Los nuevos ciudadanos se entusiasmaron con el regalo que obtuvieron al mirar con inocencia las cloacas que durante tanto tiempo apestaron a mortal inmoralidad. Siguiendo la tubería de la suciedad, llegaron hasta la causa donde les esperaba el eterno goce de libertad. Nunca hubo fosa, y nunca la habrá, pero como la mente temerosa imaginó que la había, la tuvo que atravesar para poder recordar la dicha de amar.